Incontinencia: sólo una de cada 12 personas que la padecen consulta al médico.

Pocas condiciones llegan a afectar tanto la calidad de vida de una persona como la incontinencia, que puede presentarse en forma separada (fecal o urinaria) pero también en algunos casos de manera conjunta y en ambos sexos.

Esta problemática, considerada por los expertos como una enfermedad prevalente y subdiagnosticada, es una condición tratable. Pero debido a la incomodidad y vergüenza que provoca, las mujeres demoran un promedio de 6 años y medio y los varones de 4 años en consultar.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) habla de ella como parte del “síndrome geriátrico”. La incontinencia afecta hoy a la mitad de los mayores de 65 años, mientras que a mediados del siglo se estima que prácticamente se duplicará el porcentaje de personas mayores de 60 años que la sufren (del 12% actual al 22 por ciento).

 

Los pacientes que sufren incontinencia tienen dificultad para realizar actividades diarias simples: trabajar, salir a hacer las compras, viajar en auto o ir al cine por temor a sufrir vergonzosos episodios de incontinencia. Además, tienen un riesgo dos a tres veces mayor de tener interrupciones del sueño, comer en exceso, baja autoestima y depresión.

Hay muchos tipos de incontinencia. Es como hablar de la tos. Hay muchos síntomas. Primero, todos nacemos incontinentes. Y entre los 2 y 3 años de vida pasamos a ser continentes. Luego, las mujeres en el embarazo y después del parto tienen incontinencia en los esfuerzos. Y finalmente, casi el 16% de la población durante la tercera edad la padece. Esa cifra casi se duplica después de los 80 años”.

Si bien estos trastornos se asocian con la edad, también se pueden presentar en personas más jóvenes: una de cada cuatro mujeres de más de 18 años experimenta pérdidas involuntarias de orina al reír, bailar, levantar peso, entre otras actividades (incontinencia de esfuerzo). Después de los 60, más del 55% de las mujeres sufre algún grado o tipo de incontinencia urinaria.

Ciertas enfermedades de origen neurológico (Parkinson, esclerosis múltiple, accidente cerebrovascular) también pueden causar el problema.
Se trata de una enfermedad prevalente y subdiagnosticada. Pero es una condición tratable. Y llega al consultorio cuando genera quejas por parte del paciente. Si el paciente se queja, hay que tratarlo y estudiarlo.

Es un síntoma de una enfermedad que está atrás. Si el esfínter está debilitado, hay tratamientos kinesiológicos, farmacológicos y hasta quirúrgicos. Si es producto de una enfermedad neurológica, como Parkinson, esclerosis múltiple, accidente cerebrovascular, o en la médula espinal, existen dispositivos para controlar la vejiga.

Hay barreras mentales y culturales, que impiden empezar un tratamiento. Mucha gente cree que no es una enfermedad o que no tiene tratamiento o cura. También por vergüenza no se consulta al médico.

La clave es la consulta a tiempo con el profesional médico. Los cambios de estilo de vida, dieta, ejercicios suelen ser eficaces para el control y en casos más severos existen diversos tratamientos kinesiológicos, farmacológicos y quirúrgicos que permiten a los pacientes recuperar la calidad de vida.

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