Gerontofobia y edadismo: cuando la vejez parece un delito

Las problemáticas alrededor de la gerontofobia y del edadismo se advierten fácilmente en numerosas situaciones. Pero, ¿qué diferencia hay entre ambas?

Las problemáticas alrededor de la gerontofobia y del edadismo se advierten fácilmente en numerosas situaciones. Pero, ¿qué diferencia hay entre ambas? “La gerontofobia se define como un trastorno de ansiedad que se caracteriza por la presencia de un temor excesivo, irracional y persistente hacia los adultos mayores y/o a envejecer”, aseguró la doctora Carolina Kralj, médica psiquiatra y MSc en Gerontología King’s College London.

Sin embargo, la especialista aclaró que “ese miedo y aversión a envejecer no se limita exclusivamente a un problema médico”, sino que “está directamente asociado a nuestro concepto social de vejez. Una construcción social donde su protagonista, ‘el viejo’, está ineludiblemente emparentado a la enfermedad, la discapacidad, la vulnerabilidad y la fragilidad. Un concepto social donde la vejez es entendida casi como un estado irrefutable e irreversible de declive existencial donde la persona, llegada a cierta edad cronológica, pareciera de golpe despojarse de su valor humano para transformarse en una ‘carga’ para la sociedad”. “Esta visión estereotipada y negativa de los adultos mayores tiene un nombre: edadismo”.

 

Tal es su presencia en la sociedad actual que, junto con el sexismo y el racismo,  el edadismo es el tercer tipo de discriminación más frecuente. En ese sentido, cualquiera está o estará expuesto a esta problemática mientras se siga fomentando que “la juventud es bella e idolatrada y la tercera edad es improductiva y prescindible”.

La mujer, más desfavorecida

Como en todos los ámbitos de la vida, es la mujer quien sufre esto aún más al llegar a esta etapa. El trabajo, el hogar, la familia y, los siempre presentes roles de género, también hacen su parte. En el ámbito laboral a nivel mundial, por ejemplo, continúan observándose desigualdades de pago y menores oportunidades de ascenso para la mujer a lo largo de su carrera profesional. Esto, sumado a la tendencia preestablecida de ocupar un rol social de cuidadora (de padres, de suegros, de hijos, etc.) acompañado de la falta de políticas que faciliten una inserción profesional y laboral acorde a la multiplicidad de tareas, conlleva consecuencias innegables.

Entre ellos y ellas las diferencias parecen acentuarse a lo largo de los años. La sociedad pareciera tener una doble moral respecto a la edad y al género, donde el hombre que envejece es visto como distinguido e interesante, mientras la mujer simplemente envejece.

 

El origen de los estereotipos

Andador, bastón, canas, arrugas, fragilidad… Los estereotipos abundan. Nuestro prejuicio nace de nuestra imagen social del adulto mayor; estereotipo intrínseco aprendido desde nuestra infancia, de las imágenes que vemos en los libros, en las películas, en la televisión, en los chistes y hasta en las tarjetas de cumpleaños. Nuestro prejuicio parte del lenguaje que usamos, de términos cargados de connotaciones negativas como ‘viejo’ o ‘anciano’.

Estos prejuicios no son exclusivos de la gente más joven, sino que incluso los adultos mayores los tienen y utilizan la edad para justificar cosas que les pasan.

Cómo combatir el edadismo

Con una población mayor que crece velozmente, el compromiso de encontrar formas de inclusión social se vuelve imperativo. En este marco, es necesario que los Estados actúen con urgencia otorgándole a la tercera edad un lugar central en sus políticas, a fin de asegurarnos un mejor futuro para todos.

Cabe destacar que la responsabilidad de terminar con la discriminación por edad no es sólo de los Estados sino de toda la sociedad.

Mientras como sociedad continuemos utilizando frases tales como ‘ya no tienes edad para estas cosas’; mientras continuemos pensando que enamorarse a los 80 es una pérdida de tiempo; o que no son capaces de aprender a usar la tecnología; que su opinión es menos valida por tener un estilo de vida diferente; que podemos tomar decisiones que los afectan sin consultarles o que tenemos el derecho a hablar de ellos como si no estuvieran presentes, seguiremos teniendo una cuenta pendiente.

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