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Mantener la mente despierta.
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Mantener la mente despierta.

Es evidente que muchas personas mayores no son responsables de que sus capacidades mentales fallen. Pero sí resulta conveniente aplicar una serie de pautas que, en circunstancias normales, pueden contribuir a mantener despierta la mente.

El cerebro se renueva durante toda la vida. Una de las cosas más excitantes que han comprobado los neurólogos es que lo que se conoce como «plasticidad cerebral» (capacidad para formar nuevas neuronas y conexiones entre ellas) puede perdurar durante toda la vida. Si enseñas cosas nuevas a un cerebro viejo, tienes más oportunidades de mantenerlo en perfecto estado hasta bien pasados los 90 años.

Actividades como aprender a tocar un instrumento o un idioma, asistir a clases de dibujo o de redacción, desarrollar actividades relacionadas con la mecánica, el bricolaje o las artes decorativas, constituyen unas prácticas muy recomendables, que sirven para llenar el tiempo y mantener activo el cerebro en la tercera edad. Para mimar la mente, hay que cuidar el corazón y nuestra salud en general. La relación entre ambos es tan estrecha que los consejos que se dan para proteger la actividad cardiovascular son aplicables también al cerebro. Vamos a recordar los principales: no fumar, prevenir la diabetes, vigilar los niveles de colesterol, evitar el exceso de peso y practicar ejercicio adecuado a las condiciones físicas, de forma periódica.

Algunos elementos que reducen el riesgo cardiovascular pueden proteger las neuronas. Estos alimentos altamente protectores son frutas y verduras, pescados azules, frutos secos, aceite de oliva para cocinar, especies como la cúrcuma (presente en el curry) y algunas vitaminas (varios estudios sugieren que la E y la C, tomadas conjuntamente, y también la vitamina B12 y el folato podrían constituir recursos preventivos eficaces).

El mal de alzhéimer ha adquirido un triste protagonismo en los últimos tiempos. Según cálculos de los especialistas, si se lograra retrasar la aparición de esta enfermedad en cinco años, la prevalencia total de esta demencia vendría a reducirse en un 50%. Las investigaciones realizadas demuestran que las personas con poca formación o que se desenvuelven en entornos poco estimulantes para su intelecto sufren un deterioro cognitivo mucho más palpable que sus homólogos que cultivan la mente.

En la práctica, el cerebro se comporta como un músculo que se desarrolla en función del entrenamiento que reciba. Dejar de usarlo implica su atrofia. Las personas mayores deben preocuparse por adquirir aficiones que les mantengan intelectualmente activos y restringir las actividades que no impliquen esfuerzo mental. Gráficamente, este comportamiento podría resumirse en el consejo: menos tele y más sudoku.

La actividad mental es la mejor manera de invertir en cerebro. Esa unidad de inversión recibe el nombre de sinapsis, que son uniones especializadas mediante las cuales las células del sistema nerviosos se envían señales de unas a otras y también a células no neuronales, como las musculares o glandulares. En la niñez, el cerebro alcanza hasta los 100 billones de sinapsis y viene a establecerse entre los 100 y 500 billones, que tienden a reducirse con el paso de los años. Si una persona llega a los 65 años súper millonaria en sinapsis, aunque pierda algo por el paso del tiempo, podrá seguir disfrutando de un gran capital. Pero, si sólo es millonaria, su fortuna se resentirá y, si llega pobre a la tercera edad, su situación será verdaderamente desastrosa.

La gimnasia mental ayuda a mantener la capacidad del cerebro y asegurarnos una «reserva cognitiva» capaz de contrarrestar el deterioro ocasionado por el paso del tiempo. Las amistades y las relaciones sociales también ayudan a proteger la mente. Numerosos estudios demuestran que las personas que mantienen una extensa red de amigos y de relaciones sociales mantienen mucho mejor sus capacidades mentales. Además, estas relaciones contribuyen muy eficazmente a prevenir la depresión.

El alzhéimer es considerada como una «enfermedad de personas mayores», ya que, generalmente, los síntomas empiezan a manifestarse a partir de los 60-65 años. La incidencia aumenta progresivamente con la edad, con un ritmo que se duplica cada cinco años a partir de los 65, de forma que llega a afectar en torno al 40% de los mayores de 85 años. La diferencia de incidencia entre sexos no resulta significativas, aunque los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) establecen un ligero predominio de las mujeres (6%) frente a los varones (5%) en el segmento de mayores de 60 años.

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